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Mostrando entradas de diciembre, 2011

Steve Jobs

Steve Jobs, CEO de Apple recientemente fallecido, pasará a la historia no solo por haber creado un mercado para el ordenador personal (PC) en el que nadie creía hace treinta años (me atrevo a decir que ni siquiera Bill Gates) sino sobre todo por haber convertido en indispensable un artilugio, el ipad, cuyo incierto fin va muy parejo a la escasa pericia con que sus poseedores lo manejan. La magnitud de Jobs como gurú de las computadoras al principio de su carrera, y como visionario del cosmos de internet después, será dimensionada por el tiempo que no me cabe duda de que le otorgará un lugar en el olimpo de los genios. Quien esto escribe ha sido un seguidor de la trayectoria profesonal de Steve durante los últimos 30 años. Leyó en su momento -junto a posteriores pseudobiografías del gran empresario, el libro “De Pepsi a Apple”, de John Sculley, quien ya consideraba, contando Steve con menos de treinta años, que había generado material suficiente para un libro. Lo cierto es que Steve si…

Fantasmas

-Mamá, hay un fantasma en mi cuarto.
La mujer apenas distrajo la mirada del televisor para vislumbrar la borrosa figura de su hijo en la penumbra del pequeño salón. Le dolía la cabeza y sentía punzadas en la cara y en los brazos. Se palpó con cuidado la carne tumefacta, la sangre seca, se recompuso con desgana el vestido roto y trató de ordenar su melena enredada y sucia. Su nuevo novio era otro bestia, pero el whisky que le llevaba era muy bueno. Bebían juntos y después se desmadraban juntos; y a veces incluían al pequeño en sus aquelarres etílicos. A veces, durante la resaca, la acosaban los remordimientos, pero su hijo nunca se quejaba, en su carita no vio jamás un reproche, un gesto de enfado o desagrado, una miraba de súplica; por eso y porque hacía años que había perdido el rumbo en la vida seguía buscando hombres y botellas a los que se aferraba como un náufrago a un salvavidas, a los que se entregaba con un delirio de deseo y masoquismo suplicándoles con voz ronca y desesperada…

Viaje a París

Nunca duermo la víspera de un viaje, da igual el destino, la distancia o los trasiegos previsibles del trayecto, el sueño huye atemorizado por el desasosiego y la inquietud expectante, y un nudo en el estómago como anuncio de inciertos miedos que luego nunca cuajan imposibilita la necesaria relajación. La partida como un éxodo, la estación -de tren, de autobús, de aviones, de barcos-, que es todas las estaciones, como símbolo del alejamiento de lo querido al tiempo que preámbulo de una posible nueva vida -nunca como en los viajes tiene uno constancia de la mutabilidad e imprevisibilidad del decurso del tiempo, del capricho de un destino a cuya merced estamos- en la que quizá no quepa nuestro tiempo anterior a la partida, nuestra vieja vida predestinada al olvido. El viaje como cumplimiento de un fin personal con el que crecemos al alcanzarlo – y eso es bueno- pero que al hacerlo dejamos atrás parte de lo que fuimos y solo queda la añoranza -¿y eso es malo?-; el viaje como esencia del …

Un mal día

Hoy ha sido un mal día. He madrugado, he tomado un desayuno indigesto, he resuelto con mucho esfuerzo asuntos mañaneros sin duda concebidos para amargarme el día; he tomado un almuerzo suculento que me ha sentado como un tiro; la siesta, como siempre, ha sido un infierno; y solo una tarde de agradable esfuerzo personal sin sentido práctico -no entraré en detalles- me ha deparado la ilusión de una velada nocturna en la que una cena compartida con una chica joven y bella que quiso para los postres reservarme una sorpresa 'íntima' en un recóndito lugar donde, si accedía a acompañarla, me desvelaría los arcanos secretos del éxtasis sexual, consiguió animarme. Pero a los postres estaba reventado y con la libido en las antípodas gracias a un plato innovador a base de seso de cangrejo y criadillas de búfalo que me desinfló la moral. Mi bella acompañante se fue diluyendo ante mis narices por los efectos de un vino cosecha del 54 que me transportó a una época sin duda excitante pero d…

Oscar

Es difícil acostumbrase a dejar de ser joven, porque joven es lo que uno ha sido toda la vida. La frase es de Oscar Wilde, que como murió joven no tuvo tiempo para cosechar el fruto de su ingenio. ¿Y lo deseaba? Ni puta idea, porque al carecer de ese envidiado -no cabe duda- y endiablado reflejo intelectual no puede uno -seguro que sí otro- tener la seguridad de si hablaba el hombre por experiencia propia -dudoso, murió relativamente joven- o si brindaba otra de sus frases a la posteridad. En cualquier caso, él fue joven toda su vida. Porque su talento no fue concebido para durar más que su ardor juvenil. Y porque los genios deben morir a tiempo. Hay que saber cuándo morir, y si no se sabe reconocer la fecha con exactitud, tratar de no morir el día de antes.