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Mostrando entradas de marzo 7, 2010

Cena en casa de Madison

Mucho después supe que el Cornucopia había intentado salir del sanatorio en varias ocasiones. Su abogado había apelado la sentencia de reclusión en el centro de salud mental con la previsible intención de propiciar una fuga durante el traslado del condenado a una prisión ordinaria, pero sus argumentos no convencieron al juez, de modo que el Cornucopia emprendió varios intentos de fuga que no prosperaron (estaba claro que no había caído tampoco en el detalle obvio del conducto de ventilación, vaya delincuente inepto).
Al parecer había recibido en repetidas ocasiones la visita de alguien que se llamaba Sony Maxwell, con quien mantenía conversaciones en voz baja agotando el tiempo reglamentario. Era un tipo, el tal Sony, de gran altura y con marcados rasgos nórdicos, frío en su comportamiento y algo altanero. Mis fuentes -pacientes tan locos como yo mismo- no dudaron en calificarlo de siniestro. Tras las entrevistas, el Cornucopia se mostraba más nervioso de lo habitual y sus intentos de …

En casa de Madison

Después de todo mentí a medias. Soy medio español, medio norteamericano, país este donde mi madre española conoció a mi padre norteamericano en un simposio de biología molecular, especialidad científica en la ambos trabajaban con reconocida competencia. Fue un flechazo que terminó como el rosario de la aurora tras cinco años de desastrosa vida familiar en Connecticut, una vida en la que pronto aparecimos casi al mismo tiempo mi hermano Maximilian y yo, imagino que precipitando la ruptura de una relación imposible entre dos personas que competían en el trabajo con la contumaz ceguera implacable que es usual por aquellas tierras y que no hace concesiones a los sentimientos.
Mi madre volvió a España con nosotros y nos procuró la nacionalidad española, tan asqueada terminó la pobre de los Estados Unidos, asociados en su mente a mi padre, que ya principiaba una enfermedad mental que tanto mi hermano como yo mismo hemos heredado. Fueron años duros para los tres porque la sociedad científica …