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Amor de posguerra


Fue su risa de hiena lo que le delató. Supongo que mis ojos me delataron a mí. Se quedó mirando mi rostro, escrutándolo con una sonrisa de intriga y de asombro, como si mi descubrimiento le hubiera sorprendido. Te había infravalorado, parecía pensar, y su sonrisa transmitía su pensamiento. Se levantó y fue hasta el aparador que había tras él, pegado a la pared del salón. Abrió un cajón, lo cerró y volvió a sentarse. Dejó la pistola sobre la mesa, cerca de su mano. Entonces empecé a hablar, mis palabras salían de mi boca como un torrente de miedo inagotable; no podía parar de hablar, sabía que si lo hacía, si me callaba, me mataría. Hablé de mi niñez en el orfanato, de las monjas, de Elvira, de todo. Le resumí mi vida en una larga perorata que iba transformando su rostro en una máscara de carnaval, que transformó su sonrisa en una mueca irreal, como la de una careta de fiesta de disfraces. Su sonrisa enigmática y cruel, serena y devastadora, siempre obsequiosa, balsámica, incluso tierna. Una sonrisa acostumbrada a mentir, a disimular, a herir. Le conté mi amor por Elvira, siendo apenas unos niños, en aquel orfanato. Le hablé de nuestros encuentros en la cocina, por las noches, cuando todo el mundo dormía. Encendíamos una vela y picábamos alguna cosa de las sobras de la cena mientras reíamos con sordina y nos susurrábamos frases de amor. Ella no era huérfana, me confesó una noche, su madre huyó de casa y su padre siguió abusando de ella, con más libertad y ya sin disimulos, sin el estorbo de la madre. Era cruel con ella, jamás mostró dulzura durante un acto que Elvira, aún siendo su hija y una niña sin datos sobre esas cosas, imaginaba libre de culpa, una muestra de amor. No pudo llorar la ausencia de su madre, él no lo permitía, la quería entera para él, en cuerpo y alma, su madre, decía él, quería separarlos y él no lo permitió, siempre serás mía, decía, si tratas de abandonarme te mataré. Hasta que de algún modo un día descubrió el fraude, el delito, la culpa, y decidió matarlo, no podía soportar la idea de que la tocase de nuevo, la inocencia había dejado paso al dolor. Durante el paroxismo del orgasmo de su padre le clavó un cuchillo bajo la clavícula. Luego huyó. Corrió descalza, en camisón de dormir, bajo una lluvia purificadora que le fue lavando la herida del alma, hasta que se desmayó. Su padre sobrevivió, ordenó su internamiento para castigarla, también para que el tiempo diluyera las habladurías; pero Elvira no tenía duda: él iría a por ella algún día. Por favor, no juegue así con la pistola, podría dispararse. (¿Por qué dije aquello? ¿Fue el miedo? Fue imprudente, casi suicida. Su sonrisa, en cambio, se acentuó. Ya no había intriga, sólo tedio. La sonrisa había dejado de fingir, sólo quedaba la mueca.) Pasaron los meses, continué, y una noche nos descubrió una monja insomne que fue a la cocina en busca de un vaso de leche. Nos castigaron. A mí me encerraron en el cuarto de castigo, el purgatorio, como le llamábamos, durante semanas, ¿sabe usted lo que es eso? Casi no lo soporté. Sólo me mantenía cuerdo la imagen de Elvira, me sonreía en los sueños, me acariciaba el pelo cuando el sudor del sufrimiento me empapaba el cuerpo y las entrañas. Eran otros tiempos, ¿sabe usted?, la posguerra y todo eso, no había derechos para los desheredados, para los parias sin padres, como los míos, que eran rojos y una noche desparecieron sin más, me dejaron solo, no supe más de ellos. Después me internaron en el orfanato. Yo tenía doce años. Lo de Elvira era distinto. Su padre era un militar de prestigio, había matado a muchos rojos durante la guerra, tenía muchas medallas y fotos con Franco. Invitaba a veces a antiguos camaradas del ejército a su casa y se emborrachaban mientras contaban episodios de la guerra y se reían, se reían como hienas, y aquellas risas sin alma perseguían a Elvira en sus sueños. Cuando salí de la celda de castigo ella ya no estaba, no pregunté, supe que él había ido a por ella. Pero busqué a Elvira cuando salí de aquella cárcel para niños de padres derrotados, niños culpables de haber nacido, o de haber escogido mal a sus progenitores, nunca lo entendí. La busqué como se busca la fuente de la vida, durante años. Hasta que un día el dueño del supermercado del final de esta calle me dijo que alguien que se correspondía con los datos que le proporcioné vivía en esta casa, con un señor mayor, un matrimonio extraño, me dijo bajando la voz, mucha diferencia de edad, se dice que él la pega, y ella parece sufrir, se lo noto en los ojos cuando viene a comprar, me dijo. Espié durante días, pero no conseguí verla, sólo a usted cuando bajaba al supermercado. Hasta que me decidí a subir y me presenté aquí esta tarde sin  una idea clara de lo que iba a hacer. Pero usted abrió la puerta con esa camiseta sin mangas y pude ver la cicatriz bajo su clavícula. Supe que mi búsqueda había terminado, aunque necesitaba estar seguro, por eso le mentí sobre mí y le conté lo de que mi padre murió en la guerra como un valiente y que me habló mucho de usted; quise inspirarle confianza. Fue muy amable invitándome a este vino, está muy bueno. Supongo que necesitaba hablar con alguien, por eso me invitó al vino y me dio conversación. Pero bebió usted demasiado y bajó la guardia. Tardó en abrirse del todo, en reír con ganas, acostrumbrado al fingimiento como debe de estar, a ocultarse de una sociedad en la que sus medallas ya no le sirven de escudo, ni sus fotos con Franco. Pero al fin rió, con la risa de una hiena; entonces ya no tuve dudas de quién era usted. Y usted supo que yo había adivinado, Elvira le habló de mí, ¿la torturaba, verdad? Sus celos le podían y ella tuvo que contarle todo. Está muerta, ¿verdad?; sí, he llegado tarde. Veo que piensa matarme, pero ya no me importa: siempre fui un derrotado, me tocaron malas cartas en la vida, nací con el estigma de la derrota. Es justo que sea así, ahora comprendo que convertí la búsqueda de Elvira en una justificación para mi vida sin ella, en una tabla de salvación para sobrevivir al naufragio de su ausencia. Ahora ya no tengo sentido; sin ella en mi vida, no me importa morir, terminó la búsqueda de una quimera, ya no habrá final feliz. Le miré directamente a los ojos, sin miedo, sin ira; me di cuenta de que era yo quien sonreía: su rostro ajado se había quedado sin sonrisa, sin crueldad, el peso de los años le cayó de golpe y hundió entre sus hombros su cabeza gris. Después de un rato levantó de nuevo la cabeza, sus ojos sin mirada de anciano triste buscaron los míos, pero ya estaban ciegos, muertos antes que él. Ella está en el dormitorio, me dijo, parece un ángel. En el cajón de la cómoda hay dinero suficiente; quiero que le de un buen entierro. Empujó la pistola hacia mí. Sobre todo, que no la entierren junto a mí, quiero que tenga algo de pureza en su muerte, dijo mientras apoyaba la cabeza sobre sus brazos encima de la mesa, como disponiéndose a dormir. El disparo me devolvió a la realidad. Me levanté, fui hasta el dormitorio y la miré, tendida en la cama; era verdad, parecía un ángel. Escribí una nota. Me tumbé a su lado sin soltar la pistola. La besé suavemente en los labios púrpura, estaban fríos, como en las noches del orfanato. Igual que yo, había nacido ya muerta, éramos fantasmas de una guerra; su vida había sido sólo un trámite. Como lo había sido la mía. Por ella había vivido. Por ella iba a morir. Era un buen final para dos derrotados.

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