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Mostrando entradas de agosto 25, 2008

Rimas inconexas

Cuando te miro mi pena huyeCuando te miroCuando te oigo mi sangre menguaCuando te oigoCuando te siento mi alma se nublaCuando te sientoY esta pena que me dejaY esta sangre que se encogeY este alma evanescenteMe dejan por tus suspirosEncogen por tu presenciaSe nublan por tu portentoY así, cual exorcizado,Quedo exhausto y sin alientoCuando tropiezo contigo,Y si te miro, o si te oigo, o si te siento.Me miraste y ya fui tuyo, desde el principioCuando mis ojos apenasSostuvieron el equilibrio ante los tuyosCuando mis labios no supieron abrirseAmordazados por tu imperiosa presenciaY mis venas detuvieron el flujo de mi sangrePor no turbar el latido de tu silencioAsí empecé yo a quererte y tu a ignorarmeCon mi cuerpo extraviado en sus urgenciasY hoy recuerdo aquellos díasEmbelesado: me pregunto si exististe alguna vezFuera de mi corazón que convaleceEn esta prisión de amor, donde me muero.

Una ruptura

-¿Estás seguro de que así estaremos siempre juntos?- preguntó ella.-Toda la eternidad, cariño- contestó él.-¿Cómo puedes estar seguro?-Lo sé, lo siento dentro de mí.-¿No tienes ninguna duda?-No, mi amor, estoy convencido.-Pero esto es un pecado- dijo ella mirando el vacío que se abría ante sus pies.-No si amas de verdad, Dios perdona a los enamorados.Ella miró de nuevo aquel vacío; muy al fondo, veinte pisos más abajo, los coches parecían hormiguitas atareadas. Perdió el sentido del tiempo y del espacio, el vértigo desapareció.-Saltemos entonces, amor mío- dijo ella.-Saltemos, mi vida- dijo él.Entrelazaron sus manos. Con una última sonrisa, se dijeron hasta pronto.Ella saltó.Mientras veía cómo su cuello giraba en el vacío en una última y grotesca pirueta y sus ojos le miraban con un terror abismal, él no pudo contener una sonrisa al pensar que de todas sus rupturas con chicas, aquella había sido, con diferencia, la más aplastante de todas.

Carnaval

En un pintoresco y famoso barrio de la ciudad donde paso unas semanas hoy es día de carnaval. Un río de gente, mayormente de color, inunda las calles, y voluptuosos contoneos de carnes oscuras y redondas ponen a prueba mi capacidad de disimulo. Tras unos interminables minutos siendo arrastrado por una apretada masa de ritmo y sudor, consigo salir huyendo por una callejuela lateral para continuar mi vagabundeo indolente y tranquilo, contemplando escaparates y edificios, parques y estatuas, oliendo el aroma particular que cada ciudad emana y que sólo el forastero percibe.Para ser una ciudad maltratada por la ira de la historia, superviviente de incendios y bombardeos, trasluce una cálida serenidad que, como si de un enorme monasterio se tratase, adormece el alma del viajero, la masajea con expertas manos invisibles y la cubre de suaves aceites con efectos sedantes. Uno regresa al hotel reconfortado y agradecido. Y bien lubricado.