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Mostrando entradas de enero 29, 2008

Si no lo digo reviento

Tengo una amiga muy especial que, como dijo Sabatini, nació con el don de la risa. Es amable, desprendida, atenta, servicial, físicamente atractiva y moralmente la persona más íntegra que he conocido. Como alienígena, la adoro. Imagínense si fuese humano…

Esos amores

Mi amiga Lenuskana es una romántica escaldada por el romanticismo, aunque ella no lo sabe. Cree que el amor es el trampolín para la felicidad. Yo, que la desilusioné mucho, contemplo impotente su inamovible creencia de que el amor verdadero acudirá en su salvación; y sufro por ella. El amor, como cualquier otro sentimiento, es relativo, y depende tanto del convencimiento de su perdurabilidad como de la sinceridad para con la otra persona que cada cual se digna condecer. Pero el problema surge cuando ese relativismo, en algunas personas -¿la mayoría?-, degenera en hipocresía, y eso duele cuando, tarde o temprano, acabas advirtiéndolo. No puedo pedirle a mi amiga que se deshaga de ese amor canceroso, lo único que me está permitido hacer es sentarme y escuchar sus penas. O lo que tenga que decirme.

Siesta

En las siestas plácidas de los mediodías meridionales, mis cansados párpados, cercanos ya al sueño, apenas aciertan a dejar abierta una línea tras las que las pupilas consiguen difícilmente vislumbrar la perfección de un horizonte vanamente encrespado y rebelde sobre el mar. Hace décadas, pienso, que lo llevo contemplando y sus aserradas cumbres se me antojan cada día más ridículas en su intento por incrustarse en el cielo mortecino del atardecer, como queriendo herirlo, atravesarlo, o tal vez haciéndolo –quién sabe-, como queriendo turbar con su agresiva apariencia la calma de un universo curvo y sereno, hiperbólico, imperceptible y expansivo, que seguirá existiendo cuando el trabajo crudo e impasible de los elementos haya convertido en sedimento esas cúspides ostentosas, esas crestas desafiantes, ese alzamiento superficial y vano de un planeta que no sabe estarse quieto, que no se conforma. Definidamente, este orbe se merece la especie que lo gobierna.